Primer Premio del 2do. Concurso del Cuento Corto de "Primera Página"
Tema: "Fantasmas y personajes de Balvanera y Almagro"

"Mañana en el Abasto"
Entró en el bar "Billares" como cualquier mañana, y de inmediato todas las miradas se posaron en él. Sin embargo, nadie lo reconoció. "Qué raro", pensó. Se sentó en la barra, como siempre, y pidió ginebra, lo de siempre.
El bar era sórdido, oscuro, con mesas de madera gastada y añejos carteles de "prohibido salivar, ley tal y tal". Los parroquianos, que parecían hacer juego con el lugar, murmuraban respecto del ignoto visitante, que qué hace ese pelado en el bar y que porqué se muestra tan confianzudo con Alberto. Alberto, el dueño del local, hacía como que conocía al extraño, para no desilusionarlo. "Claro, como no voy a recordar que te llamás Luca", le dijo, condescendiente. "Por fin alguien que se acuerda de mi nombre", pensó con alivio. El dueño no quiso continuar con la farsa, pero tampoco tenía intenciones de desengañarlo; por lo tanto, eligió cortar el diálogo lentamente, con cortesía, simulando ordenar unas botellas de licores en una repisa de espejos herrumbrados.
Terminada la ginebra, salió del bar para charlar con sus amigos más fieles, los vagabundos del Abasto. Bajó por Corrientes, sorprendido por una multitud poco usual para ese apacible barrio.
Al llegar al edificio del Abasto, sus ojos se quedaron estupefactos. La escena era irreal: como obedientes hormigas, la gente entraba y salía del lugar, que parecía ser un gran centro de compras al estilo norteamericano. "Pero... si estaba cerrado", pensó, rechazando aceptar con resignación una realidad tan extraña. Con una mezcla de resentimiento y curiosidad -hacia las actitudes consumistas de la sociedad-, decidió adentrarse en ese mundo desconocido. Allí, los ruidos y las luces convivían con carteles de "oferta" y "sale·" y promotoras robotizadas.
En el interior de la tienda de discos, lo sorprendió el formato en el que se empaquetaba la música. Se trataba de un disco plateado, cuatro veces más pequeño que el de vinilo convencional. Alguien le comentó que las canciones se podían adelantar o retroceder con precisión y al instante. De repente, desde los parlantes de la disquería, comenzó a sonar una canción suya, "Mañana en el Abasto", y eso lo sobresaltó. Corrió desesperado hasta la góndola "Rock Nacional", letra "S". Encontró un separador que rezaba "Sumo", y la transpiración se aceleró cada vez más. Atónito, leyó "Sumo. After Chabón".
Los rayos del sol desistían de su deseo de atravesar la habitación. En cambio, apenas se conformaban con escabullirse por entre las hendijas de la persiana desenrollada. El se sentía tan turbado, que desdeñó la idea de cumplir con rutinas tales como la higiene personal y el aseo del cuarto del viejo hotel que habitaba. Raudo, bajó las escaleras --no había ascensor-, al tiempo que terminaba de meter las manos en las mangas de la remera blanca. Salió a la calle. Su mala noche chocó con una cálida mañana primaveral. Entró en el bar "Billares" vistiendo sus clásicas gafas oscuras que, en ese momento, disimulaban las pesadas ojeras. Todos los parroquianos lo saludaron: "¡Qué hacés, Luca!, ¿para cuándo el disco?". Lleno de serenidad, disfrutó de la inconveniente ginebra matinal. Para asegurarse de que había sido devuelto a la realidad, se encaminó en dirección al Abasto. Bajó por Corrientes. Todo se hallaba en orden: abandono, nostalgia y vagos bebiendo vino barato, recostados sobre las puertas clausuradas del edificio. Suspiró y esbozó una pequeña sonrisa.
A las dos de la tarde llegó a la sala de ensayo, saludó a los integrantes de la banda, y aseguró: "Chicos, ya tengo el nombre del próximo disco".

Sebastián Pedro Scherman