Sus ojos amarillos me miraron
Desde allí arriba miraba, indiferente, el estéril ir y venir de la gente. Ni las bocinas, ni la torpeza del tránsito lo inmutaban; deben parecerle remotos, pensé, como suele ocurrir con los poderosos: se mantienen alejados de los ruidos de la chusma. Cada tanto cerraba los ojos, como si las urgencias matutinas lo agotaran, hundiéndolo en algún sopor. Lo atribuí a la misma razón.
Plácido, sumido en una opulenta pereza, aburrido, a veces cierta cuota de curiosidad -aquella que confirma su especie- lo obligaba a mover, apenas, el cuello para ensimismarse en algún detalle ajeno a nuestra lógica.
Estaba tendido delante de una ventana custodiado por unos barrotes, y con esa pachorra propia de los gatos castrados, miraba pasar la vida. Nuestra mediocridad lo conmovía menos que el revoloteo de una mosca o que la presencia ocasional de alguna paloma despistada. Imaginé que una posición parecida tendrían los habitantes del Olimpo cuando vigilaban los movimientos de los mortales.
Apenas estaba en un primer piso, pero desde allá arriba parecía uno de esos emperadores prematuros encerrados entre barrotes de oro.
Quizá fuera su raza persa la que le daba aquel aire ornamental y prescindente. Toda su majestuosidad parecía concentrada en esa figura laxa y morosa. Los de abajo, nosotros, corríamos detrás de ilusorias recompensas, buscábamos, atolondrados, algo que le diera sentido a nuestro paso por este mundo. El no lo necesitaba: cierta herencia atávica, o su instinto -como se lo prefiera llamar- le otorgaban graciosamente aquel espíritu impasible.
Lo miré y quise ser como él. No entiendo todavía cómo, pero por un instante me pareció que sus ojos amarillos paneaban -como una diminuta cámara intrusa- en mis costados más ocultos, en esos pliegues turbios que ni uno mismo quiere recordar o conocer. No pude soportarlo. Impregnada de ese rubor vergonzante, clavé los ojos en el suelo y crucé sin mirar
Patricia Yohai